Mi vida siempre resultó demasiado incompatible y yo no quería ceder. No quería ceder no porque no existiera tras esa forma de ser un fuego apasionante que quemara mis entrañas cada vez que fingía una frase o una sonrisa. No. No quería ceder porque extinguiría mi existencia y seguiría viva por mera costumbre. Me torturaría de vez en cuando recordando quien era yo antes de extinguirme y me cuestionaría día a día si estaba o no en lo correcto. Habría sido un problema más grande aún vivir toda una vida negándome.
Mi existencia era demasiado incompatible, por eso me convertí en el Viento. Me dediqué a pasar por la vida como sin querer pasar, a ver si alguien se detenía un momento y, con sutileza, le soplaba en el oído y me entendía. Pasaba como el viento, pasaba a ver si alguien se detenía un momento y dejaba que le moviera el cabello, le acariciara la cara y le refrescara un poco las tardes. Creo que muchas veces sólo los helé, pero no tenía opción: Mi vida era incompatible.
Y la vida pasó, pasó como sin querer pasar, pasó…
Solamente en mi forma incorpórea e invisible podía desaparecer lo que era incompatible con ellos. Yo quería verlos, rozarlos, oírlos y que me oyeran, pasar, pasar por todo el mundo y sencillamente pasar. Pasar como el viento. Susurrar, despeinar y refrescar. Creo que nada me hace más feliz que ser el viento.
Pasé, y, por fortuna, sólo vieron rastros de mí, me oyeron y me sintieron aquellos que se detuvieron un par de segundos y se dedicaron a respirarme, aun que fuera por unos segundos…
¡Ah, y lo placentero que es cuanto te inhalan esos pulmones y alimentan el corazón y la sangre!
…Y así, me plasmo por unos segundos vitales, desaparezco con nostalgia absurda y me niego a volver porque, desgraciadanete, mi vida siempre fue incompatible y soplaba hacia la soledad.
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